sábado 22 de diciembre de 2007

VIRGINIA WOOLF

La señora Dalloway

¿Qué hacer? ¿Qué aspecto de la obra elegir si de lo que se trata es de escribir sobre una novela que lleva editada cien años entre nosotros y aún persiste en influir a creadores?




No estaría de más acotar –nos aconsejamos- que en tanto parte histórica de la literatura, integra los cánones de la misma y sirve de referente al contexto político de la sociedad inglesa. Tampoco los conflictos en esta novela, publicada en 1925, son ajenos a las consecuencias de la guerra, visibles en las alteraciones del comportamiento: evasión en delirios mentales o en actividades que denotan firme voluntad de olvido.

Sin embargo, si eligiéramos el impacto de esta obra en los creadores, podríamos citar a Michael Cunnigham y su novela Las Horas, 1998, Premio Pulitzer, y al director de cine, Stephen Daldry en su film del mismo nombre, de 2002, quienes han logrado enlazar las circunstancias de tiempo y de lugar en una narración actual y en los límites que sólo la poesía es capaz de alcanzar. O el lugar de la mujer… o la soledad del poeta en la sociedad mercantil y colonialista… no serían enfoques desdeñables, divagamos. También podríamos elegir el rastreo, entre sus líneas, de las similitudes o diferencias con Ulises de James Joyce, de 1917.

O mejor, tal vez, recordar la emoción. Y así, levantar en nuestra propia interioridad un homenaje a la gran Virginia. Recordar, nos decíamos, que a veinte páginas del final, conmocionados, rogábamos que la señora D. no fuera a morir, que nada interrumpiera la fiesta; que aunque la vida interior de los protagonistas hubiera sido cubierta por el gran velo social, aún así los preferíamos presentes, que siempre habría tiempo para rectificar, -nos decíamos- para corregir, para reflexionar y que si la autora nos concediese aún esa posibilidad, nosotros, a nuestra vez, nos daríamos otra oportunidad respecto a los pasos que hemos dado en nuestras relaciones, y sobre todo, respecto al maltrato de nuestra propia subjetividad… siempre dejada para más tarde…

Cerrado el libro, y aún conmovidos, recordar que hemos ido a la recreación, en el filme, para verificar si estábamos en lo cierto, si todo lo que habíamos entrevisto con la imaginación coincidía con la mirada de estos creadores. Y que después hemos buscado a Virginia Woolf, su raciocinio, su pensamiento, su capacidad de análisis, su modo tan humano de acercarse a la problemática de la mujer en su libro “Una habitación propia” impostergable para hombres y mujeres que deseen ahondar en la relación histórica entre los sexos.

Sin estar todavía muy seguros en la dirección a elegir, pero puestos manos a la obra, nos decimos: a ver, qué tenemos.

Hay unas voces: –las muy temidas, escuchadas voces- que Virginia Woolf, en la novela, atribuye al poeta, ex combatiente, ex hombre de éxito, de vida plena; hay unos pájaros que parecen hablarle en griego (recordemos Helenizar la vida, en el Ulises de Joyce). Hay un delirio. Hay síntoma. ¿Hay enfermedad?

Hay un médico que receta voluntad y optimismo contra el síntoma. Otro médico, casi siniestro por lo no familiar, que desplaza al primero. Élite humana, a la que V. W. invoca a través de la angustia del poeta y a la que recuerda sobre la necesidad del artista. Naturaleza humana, llama el poeta al médico y percibimos el temor cuya cercanía confirma la proximidad de la inmanejable pérdida de la razón.

Hay una mujer de cincuenta años: la señora Dalloway que inicia la narración con una decisión: dará una fiesta social y comenzará comprando las flores. Una mujer que mueve el aire de las relaciones con una fiesta. La que hace salir de sus lugares de olvido a las viejas tías, las mujeres y los hombres anacrónicos con viejas historias personales que a nadie interesan. Una fiesta social que moviliza, que ofrece motivos nuevos de conversación, de pequeñas acciones olvidadas. Pero en la que se filtran las antiguas relaciones personales: un ex enamorado suyo que ha retornado sorpresivamente de la India; una amiga, la mejor, la única que había sido dejada de lado por las circunstancias sociales, y que acude sin invitación, y el marido de la señora D. que atiende con afecto a las personas. Digamos que son esas tres relaciones de juventud los pilares que sostienen la subjetividad de la señora Dalloway oculta tras el velo social durante muchos años.

Hay acciones: en ambas se juega el orden de la decisión, como siempre.

En el caso del poeta enfermo las decisiones que hacen al cambio de su vida recaen en otro: su mujer le acompaña, le cuida, y le vigila para que no cometa locuras, el médico decide (por él y también por ella) la internación en una clínica. En el caso de la señora Dalloway, es por ella por quien pasa la decisión: dar una fiesta, comprar flores, reunir a la gente. Cuanto más aumenta la actividad que tiende al alejamiento de la interioridad, hacia el olvido en la sociedad, más se aísla en su mundo de voces y agrava su salud el poeta.

A simple vista sería la capacidad de decisión la que contrapone la salud de la enfermedad mental.

De una decisión se trata entonces. Qué hacer. En qué lugar, en qué franja intermedia, sutil, endeble, de la subjetividad se encuentra la fuerza, la claridad para tomar o no tomar la decisión.

Estas decisiones, que hacen a la historia narrada, va por cuenta de los personajes, pero otra le espera a la creadora Virginia Woolf: el cómo. Desde qué voz narrativa, desde qué focalización encontrará el espacio donde bucear, insistir, indagar. No podrá ser una voz directa, cual luz cegadora, tampoco una tercera omnisciente. Deberá ser una voz sesgada, que permita mirar, ser mirado por otros y por sí mismo. Deberá ser –nos permitimos imaginar el ingenio creador de V. W.-, una voz que mientras narre cuestione lo establecido, y que además, por añadidura, diga lo contrario de lo que debería decir en lo público, pero que no pueda acallar lo que percibe en lo íntimo. Porque sólo diciendo lo contrario podrá expresar lo que es cuando el lenguaje social ha censurado el rasgo subjetivo. Es en altos niveles de actividad social donde florece el tono de la ironía y el sarcasmo como defensas, como escape, como expresión refinada del yo apresado. Y parecieran los ingleses estar en altísimo grado dotados para tal ejercicio.

En cuanto a la focalización, la autora se la permite a cada personaje, a fin de que cada uno narre sin interferencias. Nota: Sería interesante recurrir al concepto de novela en su disertación ensayística “Una habitación propia”.

Consciente la autora del sutil espacio que habrá de indagar elige un ángulo apropiado, una voz narrativa que se mantendrá durante toda la historia y casi en todos los personajes, tan independientes unos de otros que parecieran cada uno de los monólogos, cápsulas de cristal herméticas e insonoras. Sin embargo la escritora los torna accesibles a quien los ve, mediante los visages, el movimiento de manos, el modo de estar, siendo la señora D. la más fiel exponente del ejercicio de esta voz social. Voz provista a su vez de los tonos de la ironía, el sarcasmo o la impersonalidad, que atraviesan las superficies de las realidades.

Si siguiéramos con atención las intervenciones de la señora D. descubriríamos indicios que hablan de esa elección narrativa de la autora: “/…/Se sentía muy joven, y al mismo tiempo indeciblemente aventajada. Como un cuchillo atravesaba todas las cosas; y al mismo tiempo estaba fuera de ellas, mirando. Tenía la perpetua sensación, mientras contemplaba los taxis, de estar fuera, fuera, muy lejos en el mar, y sola: siempre había considerado que era muy, muy peligroso vivir, aunque sólo fuera un día. Y conste que no se consideraba inteligente ni extraordinaria/…/.

No es casual que sean éstas las características fundamentales en el Ulises de James Joyce. Deberíamos considerar entonces que son, tanto la voz elegida como la focalización y el tono las características que hermanan a estas dos obras, además claro, del monólogo interior que Joyce llevara hasta la saciedad. Así que antes que hablar de influencias recíprocas o de apropiación por parte de Joyce de unos escritos presentados por Woolf, o del contacto que la autora hiciera con la obra de Joyce a través de la lectura en sorna que la escritora Mansfield le realizara, nos gustaría pensar en estados similares de subjetividad creadora frente a la influencia de los mismos estímulos externos y que hacen a la contemporaneidad de las obras. Y por tal motivo sería útil tal vez pensar en el estudio que la obra de Joyce ha generado.

Acerca del porqué James Joyce toma la decisión de vivir después de la obra y Virginia Woolf toma la decisión de morir también ha sido tema de los investigadores. Al respecto y a título informativo podríamos recordar que el psicoanalista Jacques Lacan ha dictado un seminario sobre la psicosis basándose en el Ulises de Joyce para lo cual ha debido trabajar además con El artista adolescente, Dublineses, la biografía de Italo Svevo, y otras. La sorpresa para el propio Lacan, que habiendo partido de la convicción de que en la existencia de la psicosis se había generado tamaña obra, debe sin embargo explicarse a sí mismo el efecto “curativo” que dicha obra provoca en Joyce. Así, entiende y enuncia este proceso psíquico al que denomina El Sympthon, única salida artística posible a la compleja conformación psíquica de Joyce. Otra de las sorpresas que el estudio de la obra de Joyce le depara a Lacan estriba también en la similitud de tono que utiliza Joyce en su obra con el que el propio Lacan dicta sus seminarios, admitiendo que no existe otro modo de desestabilizar un discurso establecido más que desde la ironía y el sarcasmo, ni otra focalización adecuada que el mirarse a sí mismo mientras se mira hacia fuera tal cual es la base de trabajo del psicoanálisis. O, dicho de otra manera, es la proyección sobre las cosas lo que descubre la subjetividad del analizante o interesado, ya que no se trata de “pacientes”, sino de horadadores de la propia psiquis.

Debería tal vez acercar el tema del psicoanálisis –nos decimos- dado el carácter de instropección de la obra y en la afirmación de que ambos creadores –Woolf y Joyce- realizan con respecto al conocimiento apenas tangencial que tuvieron de Freud, el científico vienés.

No estaría de más perseguir las escenas en las que el cruce entre deseo y necesidad, que influye directamente en cada decisión, no resulta sino como suma, a favor o en contra, de la decisión fundamental arriba nombrada. Eso, que en principio es una fluctuación que se desarrolla sin mayor importancia durante los actos diarios, será, no obstante, por efecto de la marcación ineludible del reloj de Londres, el Big Ben, lo que evitará que olvidemos el paso del tiempo hacia el final del día y con ello el carácter de pérdida o de ganancia hacia la conformación o la disolución de nuestra interioridad.

Será el acercamiento a estas obras, que nos preceden en el tiempo, una fuente de aprendizaje sobre la densidad que nos ocupa y la que reclamará su atención un día cualquiera. Ese día habremos de responder organizándole una fiesta social, o asistiendo a ella sin convicción, por casualidad o concurriendo en boca de alguien, tal vez como noticia de última hora. Será, entonces, la fiesta y nuestro modo de estar en ella, la representación, al fin y al cabo, de nuestra propia vida. De estos apuntes desordenados, sólo nos resta tomar una decisión, vestirnos con ellos y acudir a la fiesta de la crítica que nuestro propio deseo ha convocado.